LA TEORÍA DE LA RESPONSABILIDAD - ANDRÉS CUSI ARREDONDO


TEORÍA DE LA RESPONSABILIDAD

La teoría de la responsabilidad (o autorresponsabilidad del declarante), emparentada con la teoría de la voluntad, admite que la voluntad es el elemento que da origen al acto jurídico y sus efectos, pero si la divergencia entre la declaración y la voluntad se deba a culpa o dolo del declarante, éste debe responder de lo que declaró como si verdaderamente lo hubiera querido, o sea debe prevalecer la declaración. El declarante sufre las consecuencias que se derivan de su declaración, que por su culpa o dolo, no revela su voluntad (falta la voluntad cierra paréntesis. Es un castigo que se impone a quien cobra con dolo o culpa.

Se parte del presupuesto de que el acto jurídico es válido si hay correspondencia entre la voluntad de la declaración; la voluntad prevalece sobre la declaración, pues así como carece de consecuencias jurídicas la voluntad no declarada, igualmente no la tiene la declaración sin la correspondiente voluntad. Existiendo discrepancias de la voluntad y la declaración el acto es inválido, pero si la disconformidad proviene del dolo o culpa del declarante y el receptor es de buena fe, el acto queda firme, puesto que el declarante no se puede aprovechar de su dolo o culpa para invalidar el acto en perjuicio del destinatario. Es decir, solamente se tendrá en consideración lo declarado cuando la diferencia entre lo querido y lo declarado se deba a dolo o culpa del emisor de la declaración. El límite de la voluntad se encuentra en la culpa del declarante, debido a que así lo exigen la seguridad en los negocios y la lealtad que debe existir entre los que son parte en el acto jurídico.

La teoría de la responsabilidad (Verschuldungstheorie) se origina con Windscheid que se pronunció sobre la validez del acto jurídico a pesar del conflicto entre la voluntad de la declaración, si la causa de la divergencia reside en el dolo o en la "culpa lata" del declarante. El declarante no queda obligado al resarcimiento del daño, sino al complemento de lo prometido a la satisfacción de la esperanza que despertó.

Consideramos que es justo y razonable, por tomar en consideración tanto la voluntad como la declaración, tanto el interés del remitente como la buena fe del aceptante, que la falta de correlación entre la voluntad y la declaración determine la invalidez del acto, salvo cuando el desacuerdo es imputable a culpa del declarante, y el destinatario ignora o tiene razón para creer en la seriedad de la declaración, en cuyo caso el acto es válido. Si el declarante es el responsable del desacuerdo, no puede sustraerse a la fuerza obligatoria de su declaración, porque nadie puede ampararse en su proceder ilícito o negligente para fundar su derecho. De admitirse lo contrario, la eficacia de los actos jurídicos quedaría a merced de los contratantes de mala fe o de los negligentes.


Bibliografía:
  • Aníbal Torres Vásquez (Acto Jurídico, editorial Idemsa)

LA TEORÍA DE LA DECLARACIÓN - ANDRÉS CUSI ARREDONDO


TEORÍA DE LA DECLARACIÓN

La teoría de la declaración, no menos intransigente que la anterior, nació por obra de los juristas alemanes de mediados del siglo XIX, quienes la denominaron Erklärungstheorie, dominó a fines del siglo pasado y principios del presente, es una teoría objetiva que considera a la declaración como el único elemento necesario para la creación, interpretación y efectos del acto jurídico. La declaración produce efectos jurídicos independientes del querer interno del agente, porque así lo exige la buena fe, y la facilidad y seguridad en las transacciones. Se caracteriza por el desprecio absoluto de la voluntad real de las partes; la voluntad de las partes es extraña al contrato, la declaración es el hecho fundamental que produce efectos jurídicos sin considerar si han sido querido realmente por el agente. La mala fe o culpa del declarante no puede perjudicar al destinatario de la declaración.

Una voluntad que permanece en el mundo interno, en el ánimo del sujeto no tiene relevancia para el Derecho que regula las relaciones sociales, las mismas que por ser fuentes de derechos y obligaciones requieren de un mínimo de seriedad y seguridad que se logran con el respeto de la palabra empeñada. Esto es, la voluntad necesita ser exteriorizada, declarada hacia los demás individuos para que pueda producir los efectos señalados por la ley. Las personas se vinculan por medio de la palabra y no por sus pensamientos, la declaración exterioriza la voluntad interna y es, al mismo tiempo, el medio de que se valen las personas para realizar sus actos jurídicos. Las intenciones no tienen existencia social, la declaración, como hecho sensible, tiene existencia social y, por tanto, jurídica. El acto jurídico es el producto no de las intenciones sino de la declaración que una vez formulada adquiere vida jurídica propia, por exigir lo así la buena fe, la facilidad y seguridad en el tráfico. En la vida de relación un acto no es reconocible por los demás sino a través de su forma, por eso la función objetiva del acto jurídico de regular las relaciones de la vida social debe prevalecer sobre la tutela individualista de la voluntad; debe prevalecer objetivamente sólo la objetiva declaración.

Las principales críticas que se formulan contra la teoría de la declaración son:

1.    Al detenerse en los hechos exteriores, sensibles, reduce el acto volitivo a una fórmula rígida, material inerte, a una exterioridad sin vida. La declaración separada del declarante no es más que un agregado de palabras y de signos (Ferrara). Se otorga un valor excesivo al formalismo, atentando contra el libre desenvolvimiento de las transacciones comerciales. Olvida que el acto jurídico es el resultado de la conjunción del elemento psicológico y su manifestación.

2.    Al otorgarle a las palabras autonomía e independencia, convierte al verbum en el elemento vinculativo del acto jurídico, como en el antiquísimo Derecho romano en que imperaba la ley de las XII tablas: uti lingua nuncupassit, ita ius esto. Esto conduce un formalismo jurídico que implica un retroceso histórico. Se elimina del campo del Derecho los vicios de la voluntad, la simulación, el fraude. Como las palabras tienen un sentido gramatical y no editado por el declarante, se abre el campo a la dialéctica, a las cavilaciones y a los embrollos. Los más astutos juegan con los menos inteligentes.

3.    Permite que una apariencia de voluntad tenga efectos jurídicos, pudiendo llegar al extremo de que una declaración con vicios de la voluntad o realizada con fines didácticos o en broma pueda tener eficacia.

4.    Protege al destinatario de la declaración y deja indefenso al declarante. Tan estimable son los intereses del que recibe la declaración como los del autor de la misma, por consiguiente, se debe proteger tanto al destinatario que de buena fe confía en la declaración como al declarante que no es culpable de la divergencia entre su querer interno y la declaración. La teoría de la declaración al tutelar solamente los intereses del aceptante de la declaración no satisface los intereses del comercio, la confianza, lealtad y buena fe que debe presidir las relaciones jurídicas. Con la aplicación estricta de la doctrina de la declaración se ampara las trampas, los enredos, la astucia de una de las partes en perjuicio de la otra, el chantaje, en fin se abre una puerta de salida a la ley de la selva.


La responsabilidad y buena fe con que deben actuar el agente o agentes, exige que la teoría de la declaración no menosprecie a la voluntad interna y que la teoría de la voluntad no puede considerar a la declaración como un mero instrumento para su exteriorización, sino que por el contrario, voluntad y declaración constituye una unidad que fundamenta al acto jurídico.


Bibliografía:

  • Aníbal Torres Vásquez (Acto Jurídico, editorial Idemsa)

LA TEORÍA DE LA VOLUNTAD - ANDRÉS CUSI ARREDONDO


TEORÍA DE LA VOLUNTAD

La clásica teoría de la voluntad (o volitiva) sostenía el imperio de la voluntad interna de la cual la declaración era considerada sólo como un mero instrumento; la voluntad es "lo único importante y eficaz" (Savingny). La voluntad interna, como lo interno y efectivamente querido, es el elemento necesario para la creación, interpretación y efectos del acto jurídico. En caso de disconformidad entre la intención y la declaración, hay una falsa apariencia de declaración, una declaración sin voluntad que no tiene importancia alguna. Solamente la voluntad interna, como hecho psíquico, es capaz de dar vida al acto jurídico.

Esta doctrina predominó en los tratadistas franceses y las legislaciones que se inspiraron en el Código de Napoleón. En Alemania se le denominó Willenstheorie. Tiene sus orígenes en el Derecho justiniano, canónico y natural y reinó por muchos siglos. Fue expuesta por Savingny, quien dijo que "la voluntad y la declaración no son los elementos independientes uno de otro, como la voluntad de un hombre es independiente de la de otro, concordado sólo accidentalmente entre ellos, sino que al contrario están ligados por un vínculo natural de dependencia........ es cierto que sólo la voluntad de sí mismo es importante y eficaz, más como hecho interior e invisible necesita una señal exterior que la haga reconocer y esa señal por la que se manifiesta precisamente la voluntad, es la declaración. De esto resulta que la voluntad y su declaración tienen entre sí una relación noroccidental, sino natural".

El principio fundamental de esta teoría es el dogma de la autonomía de la voluntad como punto de confluencia jurídica de los elementos: el liberalismo económico y la filosofía individualista y voluntarista. El acto jurídico es obra exclusiva de la voluntad real, ésta es su única justificación. La voluntad es soberana para conducir a la celebración del acto y para determinar sus efectos. No ya que jurídico sin voluntad real, por lo que se admite la invalidez del acto por los vicios de error, dolo o violencia, como un medio para defender a la persona humana en su atributo más inviolable: la voluntad jurídica.

El acto jurídico, como instrumento de libertad humana, deriva su fuerza vinculatoria de la voluntad de las partes, que son soberanas para celebrarlo o no y si han tomado la decisión de celebrarlo, son soberanas para establecer libremente sus efectos jurídicos la voluntad soberana es la única que puede comprometer a los individuos, lo que implica que solamente haya que jurídicos y las partes no quieren. Nadie puede ser obligado, salvo escasas excepciones establecidas por la ley, al concluir un acto jurídico que no desea; la persona decide soberanamente por su celebración o por su rechazo, y se han tomado la decisión de celebrarlo, solamente se consideran como sus estipulaciones las aceptadas por las partes, es decir, el acto o negocio jurídico no produce otros efectos que los queridos por las partes. Por la soberanía de la voluntad, el acto jurídico se celebra y se ejecuta conforme ha sido querido realmente por las partes, sin que la ley pueda inmiscuirse en él. Así, en materia de contratos, las normas de la ley sólo tienen carácter supletorio, destinadas a llenar las lagunas de la voluntad, pero no podrían reemplazar las disposiciones acordadas por las partes. Si la voluntad real, efectiva, es el elemento esencial del acto jurídico, se debe derivar como lógica consecuencia la invalidez del acto cada vez que se pruebe que la declaración no corresponda exactamente a la efectiva voluntad (Art. 1361 C.C. peruano).

En materia de interpretación, se debe averiguar cuál fue la voluntad real de las partes. Las cláusulas claras que revelan la efectiva voluntad de la gente no se interpretan. El contrato se ejecuta tal cual ha sido convenido(pacta sunt servanda), no es de aplicación la teoría de la imprevisión por variación de las circunstancias económicas, porque desnaturaliza el contrato, al apartarse de la voluntad de las partes.

El principio de la soberanía de la voluntad que es el fundamento de la fuerza obligatoria de la voluntad está consagrada en el art. 1134 del Código de Napoleón que establece que "las convenciones legalmente formadas hacen las veces de la ley para quienes las han convenido. Las convenciones no pueden revocarse sino por mutuo consentimiento o por las causas que la ley autorice. Ellas deben ejecutarse de buena fe". Como el contrato es el producto de la voluntad de las partes, no surte efectos frente a terceros (el contrato es una res inter alios acta) (art. 1165 del C.C. francés).

Según esta teoría el juez debe desentrañar la verdadera voluntad del agente por ser la única que puede producir efectos jurídicos. Entre voluntad y su declaración hay una relación natural. En caso de conflicto entre la voluntad y su declaración prima la voluntad. Si falta la voluntad el acto es nulo.

Las principales objeciones que se formulan contra la teoría de la voluntad son:

1.    Las dificultades de las investigaciones psicológicas. Es muy difícil determinar la voluntad que ha permanecido en el fuero interno del sujeto y que, por tanto, es desconocida por los demás. El derecho no garantiza la voluntad psicológica de prueba arbitraria, larga e insegura, sino la voluntad exteriorizada que aparece en la vida de relación.

2. La investigación de la voluntad real implica gran inseguridad en el tráfico jurídico. Se expone al aceptante de la declaración a ver burladas sus esperanzas por la mala fe o la culpa del declarante. El aceptante queda indefenso frente a la malicia y a los caprichos del declarante.

3.    La voluntad interna no exteriorizada es un elemento extraño al acto jurídico. El individualismo y el voluntarismo del siglo XIX que encunbramos a la voluntad como dominadora y despótica han cedido en favor de los aspectos más sociales del Derecho. En el siglo XIX, la libertad contractual era considerada como un fin en sí misma, sobre la base de que las partes eran los mejores jueces de sus propios intereses y si libre y voluntariamente celebraban un contrato, la única función de la ley era hacerla cumplir, siendo indiferente la posición de dominio en que podía encontrarse una de las partes. En aquella época, "los efectos de una declaración se desarrollaban en campos circunscritos, o entre individuos que podían conocerse personalmente, en la vida moderna tales condiciones se han modificado profundamente: las declaraciones pueden producir efectos múltiples sobre una cantidad indeterminada de personas, arrastra una cantidad infinita de intereses, obra en ambientes muy vastos, multiplicándose las posibilidades de error y conflictos, de engaños imprevistos o intencionales".

4.    Atribuye a la ficción una función demasiado importante. Los jueces deben simular que creen en una multitud de intenciones en las cuales no creen de verdad: al lado de una parte de voluntad real, debe suponer una parte enorme de voluntad presunta, pero ausente de hecho.


5.    Protege exclusivamente al declarante, quien puede pedir la nulidad del acto por motivos que permanecerían en las sombras de la conciencia, y abandona a su suerte al destinatario de la declaración. Por consiguiente, ofrece una gran seguridad a la libertad individual, dado a que nadie se obliga sino cuando y cómo quiere, pero, desde el punto de vista social, presenta el inconveniente de determinar a los terceros por meras apariencias, pues "la voluntad, como fenómeno psicológico, no es conocida en el medio social, sino por las apariencias".

  

Bibliografía:

  • Aníbal Torres Vásquez (Acto Jurídico, editorial Idemsa)

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